Una reciente investigación encendió las alertas entre dueños de mascotas al detectar “niveles peligrosos” de metales pesados, contaminantes derivados de plásticos y acrilamida —un compuesto asociado al cáncer— en alimentos envasados populares para perros, especialmente en las presentaciones secas.
El estudio fue realizado por el Clean Label Project, organización sin fines de lucro con sede en Colorado que analiza la pureza de productos de consumo y otorga certificaciones a las marcas que cumplen estándares estrictos. “Los niveles de metales pesados y otros contaminantes que encontramos fueron alarmantes”, afirmó su directora ejecutiva, Molly Hamilton, al presentar los resultados.
Entre los hallazgos más preocupantes se encuentran la presencia de plomo y mercurio en concentraciones que, en investigaciones previas, han superado los niveles máximos tolerados establecidos por agencias regulatorias. Un estudio de octubre de 2021 ya había advertido que casi el 81 % de los alimentos envasados para perros analizados excedían el límite máximo tolerado de mercurio, mientras que el 100 % superaban el nivel máximo de plomo.
De acuerdo con la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA), no existe un nivel seguro de exposición al plomo en humanos. Sin embargo, no se establecen parámetros específicos para perros. Los umbrales de seguridad para alimentos destinados a animales son fijados por la Asociación de Funcionarios Estadounidenses de Control de Alimentos (AAFCO) y el Consejo Nacional de Investigación (NRC), pero no contemplan lineamientos particulares para perros, ya que los alimentos para mascotas suelen clasificarse en la misma categoría que los destinados a animales de granja.
Existe la teoría en la industria de que los perros podrían tener mayor tolerancia a ciertos metales pesados que los humanos, aunque especialistas señalan que esta hipótesis carece de evidencia sólida. “Disponemos de muy pocos estudios que hayan seguido a perros durante años con diferentes dietas para encontrar respuestas claras”, advirtió el investigador Wakshlag, quien ha estudiado nutrición animal.
Otro punto relevante del informe es la presencia de acrilamida en alimentos secos para perros. Este compuesto se forma cuando alimentos ricos en carbohidratos se someten a altas temperaturas, superiores a 120 °C, como ocurre al freír, hornear o asar. El dorado de productos como papas fritas, café o tostadas genera esta sustancia, considerada “probablemente cancerígena para los humanos” por la EPA.
Según el análisis del Clean Label Project, los niveles de acrilamida en croquetas fueron aproximadamente 24 veces más altos que en alimentos frescos o congelados. En un caso, se detectaron 780 partes por mil millones, una cifra que el especialista calificó como inusualmente elevada. La acrilamida también ha demostrado en estudios con animales afectar la capacidad reproductiva y provocar distintos tipos de cáncer, aunque los datos en humanos siguen siendo limitados.
Además, la investigación examinó la presencia de compuestos químicos utilizados en plásticos, como el bisfenol A (BPA), el bisfenol S (BPS) y el ftalato conocido como DEHP. En línea con los demás resultados, el alimento seco presentó las concentraciones más altas.
El BPA ha sido vinculado en estudios humanos con alteraciones hormonales, anomalías fetales, bajo peso al nacer y trastornos del desarrollo. En adultos, se asocia con diabetes tipo 2, enfermedades cardíacas y mayor riesgo de muerte prematura. El BPS, empleado como sustituto del BPA, podría tener efectos similares sobre el sistema reproductivo. En cuanto al DEHP, investigaciones recientes lo relacionan con un aumento significativo en la mortalidad por enfermedades cardíacas en adultos, aunque no existen estudios concluyentes en perros.
Un aspecto que complica la interpretación de los datos es la cantidad de alimento que consume cada animal. Según explicó Hamilton, un perro necesita comer aproximadamente tres tazas de alimento fresco o congelado para obtener las mismas calorías que una taza de croquetas secas. Esto implica que, aunque el alimento fresco tenga menores concentraciones de ciertos contaminantes, el volumen ingerido podría incrementar la exposición total.
Ante este panorama, los expertos llaman a la calma, pero también a la información. Una de las recomendaciones es que las empresas realicen análisis periódicos de sus productos y transparenten los resultados, aunque estos procesos implican costos adicionales que podrían elevar el precio final.
Para los dueños de mascotas, las sugerencias incluyen consultar con el veterinario antes de hacer cambios drásticos en la dieta. Si el presupuesto lo permite y el animal lo tolera, los alimentos frescos o congelados pueden ser una opción. En caso de continuar con croquetas, rotar entre distintas marcas podría ayudar a diversificar la exposición a posibles contaminantes.
Más allá de la alarma, el debate abre una conversación necesaria sobre la calidad y regulación de los alimentos para mascotas. En un contexto donde cada vez más familias consideran a sus perros parte integral del hogar, la exigencia de mayor transparencia y estándares más específicos podría convertirse en una prioridad de salud pública veterinaria.





